Envidia porque me pregunto qué diferencia a un buen escritor de un aficionado mediocre, de alguien del montón. Hay muchos escritores del montón, algunos incluso Best-Sellers de pacotilla que simplemente saben cómo tejer una historia simple con personajes planos y sin ninguna profundidad que te mantiene toda una tarde enganchado por mala que sea. Alguno de los que, si mencionas en círculos intelectuales que los has leído, te miran por encima del hombro con un ligero desprecio y una pomposidad absurda. Es por eso que muchos aficionados a escritor cultureta son incapaces de ver sus propios errores.
Pero volvamos a lo de la envidia. Tengo un amigo que de un tiempo a esta parte adquirió consciencia de sí mismo de una manera asombrosa. Al principio la limitó a la simple ampliación de sus horizontes culturales, aunque al poco tiempo el gusto por lo estrafalario se convirtió en una marca de la casa para él. Cine, literatura, música y todo lo que ello conlleva. Cuando terminó sus estudios no duró mucho en ese mundo corporativo que representa la cima más vistosa del capitalismo, dificilmente se puede convertir a alguien como él en un esclavo más de la rutina de corbata y maletín, del Wall Street neoyorquino o del Canary Wharf londinense. No, para nada. Así que no duró mucho en ese mundo corporativo antes de hacer las maletas y marcharse. ¿A dónde? Pues está claro, a Londres. Esa ciudad tiene algo que nos atrae a todos. Algunos necesitamos empaparnos de su miseria y decadencia, otros de esa extraña belleza que tiene. Cada uno tiene sus motivos, pero casi todo el mundo que pasa por allí para algo más que ver el maldito Big Ben acaba enamorado de Londres. De su mezcla de gentes de todas y cada una de las procedencias imaginables. De la variedad de estilos, desde el más urbano hasta el más clásico, que chocan unos con otros en una marea de sorrys y excusemes.
No sé en qué momento lo descubrí, pero siempre tuvimos algo en común: ambos encontrábamos descanso en la escritura. Supongo que yo soy más perezoso, más perro que Niebla. Lo que me sorprendió fué la facilidad con la que podía expresarse. Igual es voluntad, ponerse con ello un poquito cada día y sacar esa bilis que lleva dentro. Yo a menudo dejo que la bilis me infecte. Y otras veces la hundo en la apatía. Por norma general soy feliz, me dejo llevar por el día a día y eso acaba convirtiéndose en una rutina letal. Y debería intentar cambiarlo, y lo hago. El viaje a Barcelona fué en parte para eso, un soplo de aire nuevo. Pretendo irme a Londres unos días, tengo ya preparado un viajecito a Amsterdam (Amsterdamn!), y en breve estaré estrenando piso en lugar de vivir de morro como estoy ahora. Procuro mejorar en todo, trato de aprender idiomas, realizar mejor mi trabajo y comportarme más como una criatura social. A otros todo esto les sale de forma natural, para mí es un esfuerzo no sumirme en la apatía. Y, a veces, escribo algo. A veces me lo guardo. A veces lo comparto con uno o dos. A veces lo publico aquí.
Envidia, aunque de la sana. Eso es lo que siento. Mi amigo escribe sin importarle nada lo que vaya a pensar nadie, y lo distribuye libremente. Esto le facilita escribir más y mejorar como escritor. A pesar de no soy fan acérrimo de su manera de escribir, puedo apreciar su talento. Y escribir tan fácilmente y sin reparos le ayuda a escribir más, a mejorar. Eso es lo que me da envidia de él, siempre lo digo. Cómo se puede ser capaz de desarrollar tanto una historia que se resume en "me mordió un perro y me despidieron".
No sé, seguramente sea fuerza de voluntad. Tal vez debería escribir más. En cualquier caso, te envidio colega. Suerte en tu nueva etapa.
lunes, febrero 23, 2009
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Envidia |
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